Los
fundamentos que no pueden faltar
La lectura es una de las principales herramientas que tiene la mente para ordenar, organizar, jerarquizar, relacionar y ponderar la información que obtiene del material impreso.
“La lectura agudiza el sentido crítico y contribuye, como pocas actividades intelectuales lo hacen, a ordenar la mente. Nos permite clasificar, jerarquizar, ir a lo esencial, poner entre paréntesis lo accesorio, sintetizar, etc. Al leer comprensivamente recorremos un camino desde lo desconocido a lo que vamos a conocer, producimos una tensión intelectual que nos permite la comprensión y realizamos un esfuerzo por encontrar sentido a lo que leemos”.
Comprender un texto requiere de ciertos conocimientos previos que permitan interpretar y dar sentido a la información que va apareciendo ante la vista. Si no se han adquirido una red de conceptos y significados sobre el tema que se está leyendo, la comprensión del texto será muy limitada. De nada sirve acumular datos y conocimientos si no se comprenden y no pueden ordenarse u organizarse.
A decir verdad, referirnos a la lectura comprensiva es, al parecer, incurrir en una expresión tautológica (que contiene una repetición de palabras de igual sentido) porque la lectura, por definición, siempre es comprensiva; de lo contrario, no es lectura sino decodificación de signos.
Sería interesante, entonces, ir “desagregando” la idea de comprensión lectora. Desde la perspectiva de los contenidos de enseñanza, cuando decimos “lectura comprensiva”, nos estamos refiriendo al trabajo explícito que realizamos los docentes en el aula para el desarrollo de estrategias de comprensión que excede el fin del acto de lectura. Esto es así puesto que existen distintos tipos de lectura: la eminentemente informativa, que propicia la búsqueda de datos; la centrada en la dimensión cognitiva, que propicia el deseo de saber o conocer, y una tercera opción que estaría dada por las lecturas que cumplen una función recreativa.
Esto significa, entonces, que se puede trabajar y promover la comprensión con la inclusión de cualquier tipo de textos: tanto los literarios como los no literarios.
Como se ha dicho, la comprensión siempre se halla involucrada en la lectura. Esto sucede cuando el lector se implica fuertemente con el contenido del texto y evita la lectura superficial e impersonal.
Comprendemos un texto cuando descubrimos su sentido, reconstruimos en nuestra mente un texto paralelo al leído y lo dotamos, a su vez, de sentido. La comprensión exige acceder a una representación no espacial ni lineal, como aparecen en el texto, sino semántica, es decir, que puedan relacionarse unas con otras. Es esencial para la comprensión ponderar y jerarquizar las ideas en relación con la totalidad del sentido del texto.
La comprensión de un texto requiere de un bagaje de conocimientos previos que permitan organizar, interpretar y conferir sentido a lo que se lee, esto es, establecer una relación semántica entre las ideas, jerarquizarlas e integrarlas en la totalidad del sentido del texto.
Un mal lector es aquel que fracasa en estas tareas. Los buenos lectores no leen palabra por palabra, en un proceso lineal, sino que leen significados.
Otro elemento que entra en juego en la comprensión, y que no es atribuible a las habilidades del lector sino a las propiedades de los textos, es lo que conocemos con el nombre de lecturabilidad (distinta de la legibilidad, que se refiere sólo a las cualidades tipográficas del texto). Para algunos especialistas, la lecturabilidad es la posibilidad de que un texto sea entendido por un lector determinado, al facilitar la relación de su estructura con los conocimientos y aptitudes del sujeto para apropiarse del contenido. Moles la define como "la aptitud de un texto para ser leído rápidamente y comprendido con facilidad".
Ocurre a menudo que, en el proceso de selección de textos para los primeros años o para la alfabetización inicial, no se consideran aspectos como el que se acaba de plantear. De hecho, muchas veces, la selección de estos materiales de lectura que ofrecemos a nuestros alumnos se encuentra basada en criterios estéticos (“tiene lindas imágenes”) o en la complejidad que representará para el pequeño lector (por lo general basada en la lógica del adulto y no en la del niño). Un ejemplo de ello son los textos escritos al servicio de la “presentación de una letra” antes que del sentido del mensaje, incluso, puede llegar al absurdo. Muchos de estos absurdos han sido señalados por abundantes investigaciones acerca de los textos.
La comprensión textual exige, por un lado, la lecturabilidad del texto mismo y, por otro, la promoción e implementación de estrategias específicas por parte del docente, que induzcan en el alumno la apropiación de los contenidos.
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