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Enseñar y aprender en tiempos de desesperanza

 

Vivimos momentos difíciles, es cierto. Son tiempos extraños en los que pareciera haber una epidemia de amnesia que lleva a olvidar el sentido de lo que se hace. Son tiempos en los que ser estudiante –o docente– no significa necesariamente valorar el estudio ni desear el conocimiento; en los que el sexo está en todos lados pero no así el amor. Son tiempos en los que patria es una palabra vaciada de sentido, y en los que confesar que se tienen sueños arranca una sonrisa irónica...

Son tiempos en los que hasta casi se hace alarde de frustración, descreimiento, descompromiso, desesperanza: “nada vale la pena”, “los políticos son corruptos”, “los abogados son negociantes”, “los médicos no tienen escrúpulos”, “nadie sabe nada”... Es el discurso homogéneo que se escucha con frecuencia reproducido hasta el cansancio por todos los medios.

Por eso, como dice el P. Ángel Strada, la esperanza cobra su verdadero sentido en tiempos de desesperanza. También se suele olvidar que la esperanza es una virtud (no un estado), por lo tanto se desarrolla, se cultiva. ¿Cómo? Enfocando lo que suele quedar “fuera de foco”: es cierto que hay políticos corruptos, pero tambiénes cierto que hay políticos honestos que trabajan con seriedad por construir un país mejor. Es real que hay médicos sin escrúpulos, pero también lo es que hay médicos que trabajan a destajo para intentar salvar vidas de gente a quienes muchos de los desesperanzados no les dedicarían ni una mirada. Hay abogados y jueces que tienen el hacer justicia como objetivo y arriesgan su tranquilidad y la de sus familias para ser leales a su cometido. Hay gente que estudia, gente que trabaja, gente que contribuye a construir y a sostener todo lo valioso que hoy tenemos. Hay gente que hace la diferencia.

¿Cómo enseñar haciendo la diferencia para nuestros alumnos y para nosotros mismos? ¿Cómo enseñar para que nuestros alumnos aprendan a hacer ellos la diferencia?

La Argentina como tierra de esperanza

Nosotros, los argentinos, somos los habitantes de esta bendita tierra que amaron y trabajaron nuestros antepasados, ellos encontraron aquí un lugar para construir las vidas que en sus países de origen no pudieron. Nos dejaron valores engarzados en un patrón de conducta y enseñanzas muy valiosas para afrontar tiempos que se configuran como puntos de inflexión, asociados a veces a la desesperanza, pero asociados también, como en sus casos, a la esperanza de una vida mejor.

Hay una nueva etapa que se viene palpitando aunque hoy apenas se vislumbre. Cada uno de nosotros tiene que ver con estos tiempos y con los que vendrán. Cada uno de nosotros no es mero espectador de la Historia –aunque pueda desearlo–; es actor y protagonista de su historia personal, materia prima indiscutible de la trama colectiva. Estar distraído es una manera de hacer la historia –no la única ni la deseable, por cierto–. Cada uno de nosotros es parte del problema o parte de la solución. Cada uno puede hacer la diferencia.

Dos lobos

Hay un mundo en construcción y se hace con lo mejor de cada uno. Todos tenemos luces y sombras, pero implica una decisión el utilizar una u otra parte de sí.

Un abuelo indio hablaba con su nieto acerca de cómo se sentía ante la tragedia que había caído sobre su pueblo, atacado, diseminado y en retirada ante el avance de sus enemigos. Le decía:

“Siento que tengo dos lobos luchando en mi corazón. Uno es vengativo, furioso, violento, sólo preocupado por sí mismo y por satisfacer su enojo. El otro es el capaz de sentir amor y compasión, solidario con la manada, quiere mirar hacia delante y empezar a reconstruir.”

El nieto le preguntó: “ ¿Cuál crees que va a ganar en tu corazón?”

El abuelo respondió: “El que yo alimente.”

 

Seguir intentando la esperanza

Es verdad que los adultos no hemos logrado el mundo que soñábamos cuando teníamos la edad de nuestros alumnos... hasta ahora por lo menos, pero algunos nos preocupamos por seguir aprendiendo cómo hacerlo y seguimos intentándolo. A fuerza de vivir hemos descubierto que es mucho más fácil destruir que construir, luchar contra otros que construir junto con otros, que los seres humanos sabemos cómo hacer daño con mucha eficiencia y eficacia, pero no tenemos claro cómo se hace para evitar el dolor de los que amamos, o el hambre y el sufrimiento de nuestros chicos más desprotegidos. Estamos aprendiendo lentamente a cuidarnos entre nosotros. Es difícil. Pero seguimos intentándolo.

Hay quienes prefieren negociar sus sueños, sus metas, por no cambiar lo que hacen en el día a día, por no abandonar sus costumbres y sus supuestos aunque no los lleven a donde dicen querer ir.

Por eso es tarea de los enseñantes el aprender a no negociar los sueños, a transformarlos en metas, a construirlos contra viento y marea. Para ello no hay otra posibilidad más que cambiar la forma como se lo está haciendo. Hay que poder replantear el camino para llegar a la meta, no la meta.

La esperanza es tarea primordial de los enseñantes: no creer en el descreimiento, no absorber la desesperanza ajena, no sentir que no vale la pena antes de haberlo intentado una y otra vez y otra vez y otra ... No bajar los brazos, no cansarse con el cansancio de otros. La vida puede ser una aventura fascinante cuando echa raíz la esperanza.

 

Prof. Cristina Rins

 
 

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