(Continuación)
Las paredes del aula, forman parte este espacio “en movimiento” en el que todos, docente yalumnos, pueden participar y colaborar en el mejoramiento de la enseñanza y del aprendizaje.
Gabriela Augustowsky analiza las paredes de la escuela y las agrupa en categorías: paredes construidas, paredes activas y paredes alegóricas.
Las paredes construidas cumplen diversas funciones: reflejan el trabajo de los alumnos, son una evaluación permanente y estimulo para el aprendizaje individual, se convierten en un medio de comunicación hacia fuera del grupo, por ejemplo, con las familias, y refuerzan en los alumnos su sentido de pertenencia al grupo y el reconocimiento del aula como un espacio para aprender.
Las paredes activas funcionan como proveedoras de actividades que realizarán los alumnos en diferentes áreas; constituyen una estrategia para dar consignas de trabajo a alumnos y alumnas.
Las paredes alegóricas funcionan como la presencia de una tradición, un modo de hacer histórico. Estas paredes se vinculan con la formación ciudadana y, en cierta medida, patriótica de los alumnos.
Como lo plantea esta autora, el ambiente del aula –sus paredes están incluidas en este concepto– no es ajeno a los lineamientos pedagógicos de cada institución y a las concepciones el docente, dado que lo que se expone y lo queno se expone está en efecto vinculado con ideas, posturas y pensamientos más o menos conscientes acerca de la enseñanza y del aprendizaje en el marco escolar.
Las paredes del aula pueden coadyuvar a una estrategia del docente para propiciar y mejorar los aprendizajes individual y grupal. El respeto hacia los esfuerzos y las producciones de los alumnos hace que se sientan valiosos, reconocidos y estimulados.
Las paredes de un aula parecerían ser una parte insignificante del ambiente vivido por los alumnos cada día. Sin embargo, ellas sirven como una afirmación para los niños de lo que los maestros consideran que es importante. No resulta menor el hecho de que es necesario presentar a los alumnos cosas interesantes para mirar y sobre las cuales pensar.
Las clases que incentivan a los chicos a aprender activamente se caracterizan por tener docentes y alumnos que comparten la responsabilidad respecto del ambiente del aula, entre otras características.
Las paredes son partícipes
activos de la vida escolar, en
tanto ayudan a cumplir funciones pedagógicas,
normativas y comunicativas:
difunden mensajes, normas,
producciones artísticas y de
todas las áreas y, a la vez,
crean un entorno agradable,
enriquecedor y dinámico.
Otro punto para el análisis está dado por la valorización de la producción de los alumnos. Una de las habilidades básicas que deberíamos propiciar en la escuela es la búsqueda de respuestas diferentes y productivas, antes que esperar contestaciones esteriotipadas y “esperables” a las preguntas que realizan los maestros. La producción de los alumnos es fundamental si pensamos en un aprendizaje activo, constructivo, que promueva el pensamiento, el pensamiento crítico y divergente; de allí la importancia que los niños dan al lugar dispuesto para lo que ellos producen. Producción que es acción genuina por parte de los alumnos y que no debería confundirse con activismo. El clima que crea el maestro en el aula influye en el proceso de aprendizaje, y aquí el espacio físico ejerce un control directo sobre este aspecto: no solamente por la estructura física del salón sino por la disponibilidad de los materiales, el espacio y el reconocimiento que las producciones de los alumnos tienen para el docente; todo esto se aprecia, en parte, en el espacio que él les ofrece a los chicos para que se expresen. Producción y aprendizaje para sí y también para los otros y junto con ellos.
Si tomamos la producción de los alumnos desde el punto de vista de la creatividad, y nos referimos a la atmósfera que se crea en el aula, ésta es de vital importancia para las experiencias del niño. Según Lowenfeld, “es mucho más importante la forma de decirle algo al niño que lo que se le dice” (1980). Cuando el docente evidencia interés, proporciona un ambiente de confianza para la actividad y la creatividad. El niño debe sentir que lo que hace es importante y que esa actividad se ajusta a sus necesidades.
Es deseable que las producciones de los alumnos –si bien Lowenfeld se refiere al desarrollo de la capacidad creadora, la idea es aplicable a las producciones de los alumnos en general– sean diferentes, propias y singulares, que se eviten copias para que ellos simplemente coloreen o completen. La dependencia, dice el autor, hacia esos bosquejos, limita a los niños en su propia seguridad y su libre expresión puesto que sus producciones nunca pueden resultar idénticas al modelo. Estas actividades obligan a los niños a imitar e inhiben su propia creatividad; tampoco promueven destrezas: por el contrario, obligan a los chicos a aceptar los conceptos de adulto sobre el arte.
Promover la creatividad y la propia producción es respetar la individualidad.Todos los niños tienen diferentes fortalezas, debilidades, gustos, dificultades e inclinaciones. Este conjunto de preferencias individuales influye en la manera de pensar, de aprender, de comportarse y de procesar la información. Sabemos que hay alumnos que aprenden de las instrucciones verbales que reciben; de lecturas e informes orales; con música, que necesitan cantar, hacer música, tocar instrumentos, etcétera; se los podría denominar aprendices auditivos.
Existen otros, los aprendices más visuales: son los que aprenden viendo y mirando, recuerdan mirando imágenes, cuadros, fotografías. Estos estudiantes necesitan libros, casetes, escritura, diarios, historias, etcétera. Los aprendices cenestésico-táctiles, son aquellos que aprenden al hacer y al tocar, que necesitan realizar físicamente las acciones, manipular. En cambio hay otros más analíticos, son los que completan sus tareas utilizando la lógica y necesitan explorar, utilizar materiales de ciencias, etcétera.